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Noticias de prensa luego de la eliminación

Por Ignacio Chans de El Observador

 

Yo vi jugar a Barcelona

La derrota del equipo culé marca el fin de una era que cambió la historia del fútbol tal como la conocemos

Ignacio Chans @ignaciochans - 24.04.2012, 23:01hs.

 

 

Digan lo que digan, ayer se terminó la era Barcelona. Por primera vez en cuatro años, no va a ganar ni la Liga, ni la Champions: solo le quedará el triste consuelo de pelear por la Copa del Rey.  Así, se cortará esa cosa mágica que había creado el equipo de Pep. Porque lo mágico de este Barcelona no fueron los pases de Xavi, las definiciones de Iniesta, las moñas de Messi.  Era que podía hacer todo eso, y ganar.

 

 “¿Por qué todo el mundo está pendiente del partido, hasta los que no les gusta el fútbol?” preguntaba una compañera de redacción. Y precisamente eso es lo que generó el Barsa en estos años. Porque más allá de las exageraciones que generó, del elogio fácil que se ganó por doquier aún derrotando a rivales muy inferiores, Barcelona cambió la historia del fútbol tal como la conocemos. ¿Por qué? Simplemente porque volvió a hacer divertido sentarse frente a una tele a mirar un partido de fútbol.

 

Nunca fui hincha de Barcelona. Pero me ganó con el tiempo. Porque reveló, en un fútbol –y un mundo- resultadista, cortoplacista, que piensa en los fines siempre antes que los medios; que es posible hacer las cosas bien. Que es posible respetar el espíritu de las cosas para lograr los objetivos. Que es posible que la improvisación se imponga por sobre la especulación. Que el arte puede con la industrialización monótona. Que todavía es posible jugar, porque el deporte, a pesar de los contratos multimillonarios, de las inversiones en bolsa, de los dopings, es un juego. Que es posible tocar, atacar, ir hacia adelante, sin importar las circunstancias. Así en el fútbol como en la vida.

 

Están los que dicen que lo que hizo hoy el Chelsea es válido, que es una estrategia legítima. Y sí, nadie puede decir que es antirreglamentario. Pero es triste. Igual que fue triste lo que hizo el Inter de Mourinho hace dos años. Traicionando el espíritu del juego, poniendo a sus 11 –luego 10- estrellas mundiales en pos de una misión: destruir y sacar réditos del error rival. La burda metáfora del especulador hecha carne.

 

Claro, no le voy a pedir a los hinchas de Chelsea que lo entiendan. Yo no lo entendí cuando Uruguay clasificó ante Argentina en la Copa América colgándose del travesaño. El razonamiento no es el de hincha, es el de quien prende la tele para ver fútbol y divertirse.

 

Eso que se vio del Chelsea, para mí, no es deporte. Y menos después de que un entrenador demostró que en el fútbol de alto nivel había algo más que el cattenaccio que se puso de moda en los 90 emulando a los 60, y que se tradujo en finales del Mundiales que resultaron en bodrios horripilantes como la Alemania-Argentina del 90, o el Brasil-Italia del 94. Pep demostró que es posible jugar, arriesgar, respetar un estilo.

 

Es paradójico. El principal legado de este Barcelona fue que no se tiene que ganar a cualquier precio; sin embargo, sin ganar, el legado ya no es lo mismo. Sin triunfos, lo del Barcelona se vuelve el Arsenal: el hermoso espectáculo que no gana nada.

 

¿Importa ganar? ¿O importa el fútbol, sin importar las consecuencias? A algunos, Barcelona nos seguirá arrancando sonrisas. Pero para ganarle la discusión fría a esos que dicen “es el fútbol” y elogian a Di Matteo, como antes lo hicieron con Mourinho o Helenio Herrera, no alcanzará. En esa pelea, los que gustamos del fútbol como juego hemos perdido tanto como Guardiola y Messi.

 

Quizás hoy hayamos visto límite de este Barsa. Quizás el fútbol no pueda ganar siempre, cuando enfrente se le aparece el no-fútbol. Quizás le hayan faltado los líderes anímicos que deben aparecer cuando el fútbol no sale. Quizás no hayan tenido el fuego necesario para darlo vuelta. Quizás los nervios le hagan ganado. O quizás, como a todo, a uno de los mejores equipos de la historia le haya llegado su hora.

 

Seguramente el Barsa seguirá jugando bien. Pero ya no será el mismo. En todo caso, será una nueva era. Y su gran prueba será, en el próximo partido decisivo, volver a demostrar ese arrojo, esa valentía. Siempre hay miedo a perder, el tema es no traicionar a los principios para sobrellevarlo.

 

Quedará en el que venga levantar el relevo, o el propio Barcelona, si consigue refundarse. Ante todo, los contemporáneos de este Barsa podremos decir que vimos escribirse una era del fútbol mundial.